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Paul Lafargue
El derecho a la pereza.
(Refutación del derecho al trabajo de 1848)
Nota del Autor
Capitulo Uno: Un dogma desastroso.
Capitulo Dos: Bendiciones del trabajo.
Capitulo Tres: Lo que sigue al exceso de Producción
Capitulo Cuatro: A nuevo aire, nueva Canción.
Apéndice
Nota del Autor
El Sr. Thiers1, en el seno de la Comisión sobre enseñanza elemental de 1849, decía:
«Quiero hacer omnipotente la influencia del clero, porque cuento con él
para la difusión de esa sana filosofía que enseña al hombre que está aquí
abajo a sufrir, y no esa otra filosofía que, por el contrario, dice a los
hombres: ¡Gozad!».
El Sr. Thiers formuló con esto la moral de la clase burguesa, de la que él encarnaba el
egoísmo feroz y la estupidez.
La burguesía, en su lucha contra la nobleza sostenida por el clero, enarboló la bandera
del libre examen y del ateísmo; pero, una vez triunfante, cambió de tono y de
apariencia; y hoy la vemos haciendo todo lo posible por apoyar en la religión su
supremacía económica y política. En los siglos XV y XVI, la burguesía se había
revestido alegremente con las tradiciones del paganismo y glorificaba la carne y sus
pasiones, algo reprobado por la moral cristiana; sin embargo, hoy, que nada entre las
riquezas y los placeres, reniega de las doctrinas de sus pensadores, los Rabelais, los
Diderot, y predica la abstinencia para los asalariados. La moral capitalista, mezquina
parodia de la moral cristiana, castiga con un solemne anatema la carne del trabajador; su
ideal consiste en reducir al mínimo las necesidades del productor, en suprimir sus goces
y sus pasiones, y en condenarle al papel de máquina redentora del trabajo sin tregua ni
misericordia.
Los socialistas revolucionarios deben, por consiguiente, volver a empezar la lucha
sostenida en su tiempo por los filósofos y los panfletistas de la burguesía; deben asaltar
la moral y las teorías sociales del capitalismo; y extirpar, de la mente de la clase llamada
a la acción, los prejuicios sembrados por la clase dominante; deben proclamar, a la faz
de todos los hipócritas de la moral, que la tierra dejará de ser el valle de lágrimas de los
trabajadores; que en la sociedad comunista que nosotros fundaremos —pacíficamente,
si es posible; si no, violentamente— las pasiones humanas tendrán rienda suelta, ya que
«todas son buenas por naturaleza; sólo debemos evitar su mal uso y su exceso»2, y esto
último sólo se evitará con el contrabalanceo mutuo de las pasiones y con el desarrollo
armónico del organismo humano, puesto que —dice el Dr. Beddoe—, «sólo cuando una
raza alcanza el máximo de su desarrollo físico llega también al más alto grado de su
vigor moral»3. Tal era también la opinión del gran naturalista Charles Darwin4.
La refutación del Derecho al trabajo, que reedito con algunas notas adicionales, apareció
en L'Egalíté semanario de 1880, serie segunda.
Paul Lafargue
Prisión de Saint Pélagie, 1883.
1
Cito aquí al Sr. Thiers no por su mérito científico, cuya nulidad es sólo comparable con su bajeza, sino
porque esta pulga, que ha vivido en la camisa de todos los gobiernos, es la personificación ideal de la
burguesía moderna (N. del A.).
2
DESCARTES: Les passions de l'áme (N del A).
3
DR. BEDDOE: Memoirs of the anthropological Society (N. del A.)
4
CHARLES DARWIN: Descent of man (N del A).
Capitulo Uno
Un dogma desastroso.
«Seamos perezosos en todo, excepto en amar y en beber,
excepto en ser perezosos.»
Lessing
Una extraña locura se ha apoderado de las clases obreras de los países en que reina la
civilización capitalista. Esa locura es responsable de las miserias individuales y sociales
que, desde hace dos siglos, torturan a la triste humanidad. Esa locura es el amor al
trabajo, la pasión moribunda del trabajo, que llega hasta el agotamiento de las fuerzas
vitales del individuo y de su prole.
En vez de reaccionar contra tal aberración mental, los curas, los economistas y los
moralistas, han sacro-santificado el trabajo.
Hombres ciegos y de limitada inteligencia han querido ser más sabios que su Dios;
hombres débiles y despreciables, han querido rehabilitar lo que su Dios había maldecido.
Yo, que afirmo no ser cristiano, ni economista, ni moralista, apelo a lo que en su juicio
hay del de Dios; a los sermones de su moral religiosa, económica, librepensadora, a las
espantosas consecuencia del trabajo en la sociedad capitalista.
En la sociedad capitalista, el trabajo es la causa de toda degeneración intelectual, de
toda deformación orgánica. Comparad los purasangre de los establos de los Rothschild5,
servidos por una legión de bímanos, con las pesadas bestias normandas, que aran la
tierra, acarrean el abono y transportan la cosecha a los graneros. Mirad al noble salvaje
que los misioneros del comercio y comerciantes de la religión no han corrompido aún
con sus doctrinas, la sífilis y el dogma del trabajo, y mírese a continuación a nuestros
miserables sirvientes de las máquinas6.
5
ROTSHCHILD, poderosa familia de banqueros, de origen alemán y a la vez judío, que estableció una de
las más importantes bancas privadas del siglo XIX en París. Lafargue fue contemporáneo de la tercera
generación de la familia, y sus alusiones parecen dirigirse especialmente a uno de los miembros de esta
generación, Alphonse de Rothschild (1827-1905): jefe de la Casa de París, regente del Banco de Francia y
presidente del Consejo de Administración de los Ferrocarriles del Norte (N. del E.).
6
Los exploradores europeos se detienen asombrados ante la belleza física y el altivo talante de los
hombres de las tribus primitivas, que no han sido contaminadas aún por lo que Eduard Poeppig llama el
«aliento envenenado de la civilización». Hablando de los aborígenes de las islas de Oceanía, Lord George
Campbell escribe:
«No hay pueblo en el mundo que impresione tanto a primera vista. Su piel lisa y de un tono ligeramente
cobrizo; sus cabellos dorados y rizados; su risueño y hermoso rostro; en una palabra, toda su persona,
presenta un nuevo y espléndido modelo del genus homo; su aspecto físico nos da la impresión de una raza
superior a la nuestra.»
«No hay pueblo en el mundo que impresione tanto a primera vista. Su piel lisa y de un tono ligeramente
cobrizo; sus cabellos dorados y rizados; su risueño y hermoso rostro; en una palabra, toda su persona,
presenta un nuevo y espléndido modelo del genus homo; su aspecto físico nos da la impresión de una raza
superior a la nuestra.»
Con la misma admiración, los civilizados de la antigua Roma, los Césares y los Tácitos, contemplaban a
los germanos de las tribus comunistas: que invadían el imperio romano.