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TEODICEA
ENSAYOS SOBRE LA BONDAD DE DIOS,
LA LIBERTAD DEL HOMBRE Y EL
ORIGEN DEL MAL.
(1710)
Gottfried W. Leibniz
Edición electrónica de
www.philosophia.cl / Escuela de
Filosofía Universidad ARCIS
www.philosophia.cl / Escuela de Filosof ía Universida d ARCIS.
ÍNDICE
Prefacio / 3
Discurso sobre la conformidad de la fe con la razón / 22
Sobre la bondad de dios, la libertad del hombre, y el origen del mal
Primera parte / 65
Segunda parte / 113
Tercera parte / 186
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PREFACIO
Se ha visto en todos los tiempos que la generalidad de los hombres se fija con preferencia
en las fórmulas; la piedad sólida, es decir, la luz y la virtud, jamás han sido patrimonio del
mayor número. No hay que extrañarse, porque esta tendencia cuadra a la debilidad
humana; nos impresiona lo exterior, y lo interno exige una discusión de que muy pocos
son capaces. Como la verdadera piedad consiste en los sentimientos y en la práctica, las
fórmulas de la devoción la imitan, y así son de dos clases; las unas afectan a las ceremonias
de la práctica y las otras a los formularios de la creencia. Las ceremonias se parecen a las
acciones virtuosas, y los formularios son como sombras de la verdad, que se aproximan
más o menos a la luz verdadera. Todas estas fórmulas serían saludables si los que las han
inventado las hubieran hecho para mantener y expresar lo que con ellas se trata de imitar,
es decir, si las ceremonias religiosas, la disciplina eclesiástica, las reglas de las
comunidades, las leyes humanas fueran siempre como un valladar puesto a la ley divina,
para alejarnos de los alicientes del vicio, acostumbrarnos al bien, y hacer que nos sea
familiar la virtud. Este fue el objeto de Moisés y de otros buenos legisladores, de los sabios
fundadores de las órdenes religiosas y, sobre todo, de Jesucristo, divino fundador de la
religión más pura y más esplendorosa. Lo mismo sucede con los formularios de las
creencias; serían pasables si en ellos sólo apareciera lo que fuera conforme a la saludable
verdad, aun cuando no contuvieran toda la verdad de que se trata. Pero las más de las
veces sucede que la devoción queda sofocada por las formas, y la luz divina, oscurecida
por las opiniones de los hombres.
Los paganos, que llenaban la tierra antes del establecimiento del cristianismo, sólo
tenían una especie de fórmulas; tenían en su culto ceremonias; pero no conocían artículos
de fe, ni jamás pensaron en reducir a formularios su teología dogmática; no sabían si sus
dioses eran verdaderas personas o símbolos de poderes naturales, como el sol, los planetas
o los elementos. Sus misterios no consistían en dogmas difíciles, sino en ciertas prácticas
secretas, a las que los profanos, es decir, los que no estaban iniciados, no debían asistir
nunca.
Estas prácticas eran muchas veces ridículas y absurdas, y fue preciso ocultarlas
para evitar que cayera el desprecio sobre ellas. Los paganos difundían supersticiones, se
alababan de tener milagros, y entre ellos todos eran oráculos, augures, presagios,
adivinaciones; los sacerdotes inventaban signos de la cólera o de la bondad de los dioses,
cuyos intérpretes pretendían ser. Se proponían gobernar a los espíritus por el temor o por
la esperanza de los sucesos humanos; pero apenas si pudieron entrever el porvenir de otra
vida, ni tampoco se tomaron el trabajo de inspirar a los hombres verdaderos conceptos de
Dios y del alma.
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Entre todos los pueblos antiguos, sólo los hebreos tuvieron dogmas públicos
religiosos. Abraham y Moisés proclamaron la creencia en un solo Dios, origen de todo bien
y autor de todas las cosas. Hablaban de una manera divina de la soberana sustancia, y
admira ver cómo los habitantes de este pequeño cantón de la tierra eran más ilustrados
que el resto del género humano. Los sabios de otras naciones han dicho quizá tanto como
ellos, pero no tuvieron la fortuna de ganar prosélitos, ni llegaron a convertir el dogma en
ley. Sin embargo, Moisés no introdujo en su legislación la doctrina de la inmortalidad de
las almas, si bien era conforme a sus sentimientos, como que se enseñaba por tradición
oral, pero no fue autorizada de una manera popular hasta que Jesucristo descorrió el velo
y, aunque no disponía de la fuerza, enseñó con toda la autoridad de un legislador que a las
almas inmortales les espera otra vida donde deben recibir el premio por sus acciones.
Moisés había presentado ya preciosas ideas acerca de la grandeza y de la rondad de Dios,
en que muchas naciones civilizadas convienen hoy día; pero Jesucristo desenvolvió todas
las consecuencias e hizo ver que la bondad y la justicia divinas brillan perfectamente en el
destino que Dios tiene reservado a las almas. No entro aquí en otros puntos de la doctrina
cristiana; sólo quiero hacer ver cómo Jesucristo acabó la obra de convertir la religión
natural en ley, y de darle la autoridad de un dogma público. Hizo El solo lo que tantos
filósofos habían intentado hacer en vano, y como los cristianos llegaron a adquirir la
superioridad en el imperio romano, dueño de la mayor parte de la tierra conocida, la
religión de los sabios se hizo religión de los pueblos.
Mahoma después no se desentendió de estos grandes dogmas de la teología
natural; y sus sectarios los propagaron entre las naciones más remotas del Asia y del
África, donde el cristianismo no había llegado aún, y abolieron en muchos países las
supersticiones paganas, contrarias a la verdadera doctrina de la unidad de Dios y de la
inmortalidad del alma.
Se ve que Jesucristo, al acabar lo que Moisés había comentado, quiso que la
divinidad fuese el objeto, no sólo de nuestro temor y de nuestra veneración, sino también
de nuestro amor y de nuestro afecto. Fue tanto como hacer a los hombres bienaventurados
de antemano, y hacerles saborear la felicidad futura, porque nada más grato que amar
aquello que es digo de ser amado. El amor es este afecto que nos hace gozar con las
perfecciones de aquello que se ama, y nada hay más perfecto que Dios, ni tampoco nada
más encantador.
Para amarle, basta conocer sus perfecciones, lo cual es muy fácil, porque en
Vosotros mismos encontramos la idea de aquéllas. Las perfecciones de Dios son las de
nuestras almas, sólo que él las posee sin límites; es un Océano, del cual a nosotros sólo han
llegado algunas gotas. Hay en nosotros algún poder, algún conocimiento, alguna bondad;
pero en Dios se dan todas estas cosas en su integridad.
El orden, la proporción, la armonía, nos encantan, y de ello son muestras la pintura
y la música, pero Dios es el orden en su plenitud, guarda siempre la exactitud de las
proporciones; constituye la armonía universal, y toda la belleza es una expansión de sus
irradiaciones.
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