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JUAN AMÓS COMENIO
Didáctica Magna
Octava edición
EDITORIAL PORRÚA
AV. REPÚBLICA ARGENTINA, 15
MÉXICO, 1998
1
CAPITULO PRIMERO
EL HOMBRE ES LA CRIATURA POSTRERA, LA MÁS ABSOLUTA,
LA MÁS EXCELENTE DE TODAS LAS CRIATURAS
1. Al pronunciar Pittaco, en la antigüedad, su famoso nosce te ipsum, (conócete a ti mismo),
acogieron los sabios con tanto entusiasmo dicha sentencia, que para entregarla a la plebe afirmaron
que había descendido del cielo, y cuidaron de que fuera inscripta con letras de oro en el frontispicio
del Templo de Apolo en Delfos, adonde concurría gran multitud de hombres. Fue prudente y
piadoso proceder, pues aunque en realidad era una ficción, se encaminaba a la verdad, que es más
clara para nosotros que para ellos.
2. ¿Qué es sino una voz celestial la que resuena en la Sagrada Escritura, diciendo: ¡Oh, hombre, si
me conocieras, te conocerías? Yo, la fuente de la eternidad, de la sabiduría, de la bienaventuranza;
tú, mi hechura, mi imagen, mi delicia.
3. Te elegí como compañero mío en la eternidad, dispuse para tu uso el cielo, la tierra y todo cuanto
contienen, reuní en ti solo cuanto brilla en cada una de las demás criaturas: la esencia, la vida, el
sentido y la razón. Te elegí sobre todas las obras de mis manos; subyugué a tus plantas todas las
cosas: ovejas, bueyes, bestias del campo, aves del cielo y peces del mar; por igual razón te coroné
de gloria y honor. (Salmo 8.) Finalmente, para que nada faltase, me uní a ti, yo mismo, en
hipostático lazo, juntando eternamente mi naturaleza a la tuya, como no acaece a ninguna de las
criaturas ni visibles ni invisibles. ¿Hay alguna criatura ni en el cielo ni en la tierra que pueda
gloriarse de tener a Dios revelado en su carne y mostrado a los Ángeles (1, Tim., 3. 16), no sólo
para que estupefactos vean al que deseaban ver (1. Pet., 1. 12), sino para que adoren a Dios,
manifestado en carne, al hijo de Dios y del hombre? (Hebr., 1, 6, Juan, 1, 52, Mat. 4. 11.) Entiende,
pues, que tú eres el colofón absoluto de mis obras, el admirable epitome, el Vicario entre ellas y
Dios, la corona de mi gloria.
4. ¡Ojalá todas estas cosas queden esculpidas, no en las puertas de los templos, ni en las portadas de
los libros, ni en los ojos, lenguas y oídos de todos los hombres, sino en sus corazones! Ciertamente
hay que procurar que todos aquéllos que tienen la misión de formar hombres hagan vivir a todos
conscientes de esta dignidad y excelencia y dirijan todos sus medios a conseguir el fin de esta
sublimidad.
2
CAPITULO II
EL FIN DEL HOMBRE ESTÁ FUERA DE ESTA VIDA
1. Los dictados de la razón nos afirman que criatura tan excelsa como lo es el hombre, debe estar
necesariamente destinada a un fin superior al de todas las demás criaturas; a saber, que unida a
Dios, cúmulo de toda perfección, gloria y bienaventuranza, goce con El eternamente de la gloria y
beatitud más absolutas.
2. Y aunque esto se halla suficientemente expresado en la Sagrada Escritura y nosotros creemos
firmemente que así acaece, no será labor en balde que reseñemos, aunque muy a la ligera, los
modos mediante los cuales Dios nos ha representado en esta vida nuestro último fin.
3. En primer lugar, por cierto, aparece esta representación en la Creación misma. Dios no mandó al
hombre secamente que existiese, sino que, previa una solemne resolución, le formó con sus propios
dedos un cuerpo y le inspiró un alma de Sí mismo.
4. Nuestra misma constitución demuestra que no nos es bastante todo lo que en esta vida tenemos.
Vivimos aquí una vida triple: vegetativa, animal e intelectiva o espiritual, la primera de las cuales
jamás se manifiesta fuera del cuerpo; la segunda se dirige a los objetos por las operaciones de los
sentidos y movimientos; la tercera puede existir separadamente, como ocurre en los Ángeles. Es
evidente que este supremo grado de la vida esté en nosotros oscurecido y como dificultado por los
demás, y debemos suponer que ha de existir algo donde esta vida intelectiva alcance su mayor
desarrollo (in deducatur).
5. Todas las cosas que hacemos y padecemos en esta vida demuestran que en ella no se consigue
nuestro último fin, sino que todas ellas tienden más allá, como nosotros mismos. Cuanto somos,
obramos, pensamos, hablamos, ideamos, adquirimos y poseemos no es sino una determinada
gradación, en la que, lanzados más y más allá, alcanzamos siempre grados superiores, sin que jamás
lleguemos al supremo. En un principio, nada es el hombre, como nada existió en la eternidad; tiene
su iniciación en el útero de la madre, de la gota de sangre paterna. ¿Qué es el hombre al principio?
Una masa informe y bruta. Entonces empieza la delineación del corpúsculo, pero sin sentido ni
movimiento. Comienza después a moverse hasta el momento en que por la fuerza de la naturaleza
es expelido al exterior, y poco a poco van entrando en función los ojos, los oídos y los demás
sentidos. Con el transcurso del tiempo se manifiesta el sentido interno cuando se da cuenta de que
ve, oye y siente. Más tarde ejercita su entendimiento, advirtiendo las diferencias de las cosas;
finalmente, la voluntad asume su función de directora, aplicándose a ciertos objetos y apartándose
de otros.
6. Y aun en cada una de estas operaciones existe también la gradación. Pues el mismo conocimiento
de las cosas va insensiblemente apareciendo, como el resplandor de la aurora, surge de la oscuridad
profunda de la noche, y mientras dura la vida (a no ser que se embrutezca de un modo absoluto)
recibe continuamente más y más luz hasta la misma muerte. Nuestras acciones, en un principio, son
tenues, débiles, rudas y en extremo confusas, y paulatinamente se desarrollan después las potencias
del alma con las fuerzas del cuerpo, de tal manera que mientras tenemos vida (salvo el caso de
quien es atacado de un entorpecimiento extremo y sepultado vivo), no nos falta qué hacer, qué
proponer, qué emprender, y todo esto, es un espíritu generoso, siempre se dirige más allá, pero sin
que se vea el término. No se encuentra en esta vida un ninguno de nuestros deseos ni de nuestras
maquinaciones.
7. De un modo experimental lo comprobaremos, cualquiera que sea la dirección en que lo
consideremos. Si uno ansía bienes y riquezas, no hallará satisfacción de sus deseos aunque posea el
mundo entero; claro nos lo dice el ejemplo de Alejandro. Si la ambición de los honores inquietase a
otro, no hallará reposo aunque el universo le adore. Si a los placeres se entregase, encontrará tedio
3
en todas las cosas aunque inunden sus sentidos mares de deleites, y su apetito pasará de una a otra
cosa. Y el que dedicase su espíritu al estudio de
la sabiduría, jamás llegará al fin, porque cuanto más vaya conociendo, más aún verá que le falta por
conocer. Sabiamente afirmó Salomón que no se sacia el ojo viendo ni el oído se llena oyendo.
(Ecclesiastés, 1. 8.)
8. El ejemplo de los moribundos nos demuestra que no todo acaba con la muerte. Aquellos que
piadosamente pasaron aquí su vida se alegran de marchar a otra mejor; los que se hallaban
dominados por el amor de esta vida presente y ven que han de abandonarla y pasar a otra parte,
empiezan a temblar, y del modo que aún pueden se reconcilian con Dios y con los hombres. Y
aunque el cuerpo quebrantado por los dolores languidece, los sentidos vayan oscureciéndose y la
misma vida se escape, la mente, sin embargo, realiza sus funciones con más vigor que nunca,
tratando piadosa, circunspecta y gravamente de sí mismo, de la familia, bienes, asuntos públicos,
etc., de tal suerte que el que ve morir a un hombre piadoso y prudente ve desmoronarse un poco de
tierra; pero al oírle parece que escucha a un ángel; y preciso es confesar que en tal caso acontece
que, al ver avanzar el derrumbamiento de la cabaña, se dispone la salida del que la habita. Así
también lo entendieron los gentiles, y por eso los romanos, según asegura Festo, llamaban a la